I

Es un suburbio la angustia,

insobornable;

tan sólo precario recinto iluminado,

por niebla + lámpara yema de huevo.

En los tablones del culto grasa irreductible,

vitualla que se guarda para cuando sea necesario,

pasar el peine por entre los ojitos,

saltones del cabello meduseo;

vitualla que se guarda para cuando sea ilícito,

cualquier atraso en eso de encender la mecha

y así recomenzar el idilio como se pueda.

Grasa que entre quicio y puerta se desliza,

hacia el abdomen de un confeti rezagado;

a semejanza de reflujo en la playa,

en el contraluz plateándose del día como de rosa.

Este confeti al morir concita,

contrapone,

el final aplaza del delirio,

a su manera trama.

II

He aquí los sones,

murmullo que picotea la escala de sonidos en la cual,

todo es silencio,

doliente soledad,

ruina de algo que no fue,

parte de un todo que es parte

de la vigilia y su víspera,

ambas cosidas al ruedo,

que el recinto recubre donde harapientas,

unas a otras las horas,

con moharras se hieren;

de muerte impar aquejadas,

súbitamente.

III

Un mundo militar para ángeles e incautos,

cuyas alas tropiezan con caja,

cajita y cajuela hasta los topes,

como si fuera copa helada,

relamida por un carbón de dinamita;

carbón que humea una voluta,

entre comida abundante para el día

y objetos de arte tan perennes,

en la vitrina.

IV

Disfraz que disfruta su propio calendario,

su hoy no,

la noche es cosa exigua,

déjame disfrutar un poco + de lo que aterra,

sombrío.

Déjame disfrutar un poco +,

del lánguido efluvio 25 vatios,

sonrojado,

“mariamol”,

que a esa muñequita empapa,

ajena,

propicia;

ella en sus entrañas el alma guarda,

todo suspiro,

de baquelita.

Tal si fuera ésta panal,

alvéolo en la natural habitación de las abejas.

V

He aquí a semejanza de un río,

saliéndose de la vitrina,

remolón el efluvio,

como si fuera un dios

que abandona este mundo,

restregando el papel de mi memoria

a través de su difumino en sombras;

de + a menos con séquito de duendes,

y en el rabillo del ojo en los confines,

raleada hierba,

confeti,

picadero y arena movediza.

En su ropaje hilos de seda siglo 19,

organdí encarnado que gotea,

un símil de sangre gotea engarduñada,

escurridizo perfil en la veta del estaño.

Desde su esmalte plateado,

turbio,

fosforescente.